En el futuro, la presentación del Libro Blanco del Flamenco se recordará como la chispa que prendió la llama de los acontecimientos que culminaron con el establecimiento del pensamiento único en la Andalucía cultural del Siglo XXI.
Como era de esperar, el servidor que alojaba el Libro se cayó. Flamencólogos indignados, afirmaron que se trataba de un ataque de grupos organizados buscando impedir la difusión de nuestro Patrimonio cultural y Olé. Esa indignación dio paso a lo que se conoció como la noche de los cedés rotos: a lo largo y ancho de Andalucía, se produjeron revueltas en las que se invadieron domicilios y establecimientos en busca de soportes que contuvieran cualquier cosa que no estuviera relacionada con el flamenco; rock, opera, tango, salsa… para después ser destruidos en público. El ataque fue pensado para que pareciera un acto espontáneo, pero en realidad fue orquestado por el Gobierno Andaluz a través de la recién creada A.R.S.A. (Agencia para el Rescate de la Sabiduría Andaluza).
Al día siguiente el Presidente de la Junta, en rueda de prensa, anunciaba la nacionalización, digo la autonomización del arte flamenco y todos sus recursos, al amparo del artículo 68.1 párrafo segundo del Estatuto de Autonomía «Corresponde a la Comunidad Autónoma la competencia exclusiva en materia de conocimiento, conservación, investigación, formación, promoción y difusión del flamenco…».
Los agentes de A.R.S.A. clausuraron todas las salas de conciertos y sellos discográficos flamencos situados fuera de la Comunidad; extraditaron a los responsables que se resistieron para que fuesen juzgados por apropiación cultural indebida ante el Tribunal Superior de Justicia andaluz. Artistas de todo el mundo debían presentarse ante la A.R.S.A. a fin de acreditar su aptitud para el flamenco. A los que no superaban las pruebas, se les tatuaba la palabra «esaborío» en el antebrazo.
Mariana Gómez era una Niña del Fuego; agentes de élite de la A.R.S.A.; su misión, supervisar que dentro del territorio se cumplía lo dispuesto en el Libro Blanco: en las discotecas se bailaban sevillanas y no música tecno. En los domicilios solo se permitían discos de flamenco. Cualquier lugar que contraviniera lo dispuesto, debía ser incendiado. Las niñas del fuego eran implacables: cortaron la señal de Clan TV; iban por los colegios (los que se resistían a impartir Cultura Flamenca eran clausurados) examinando a los niños sobre quién había sido expulsado del se llama copla de la semana anterior.
Más aún, el saludo marcial de las Niñas del Fuego reproducía el cojo una manzana y me la como de las sevillanas.
El rock and roll enritaba especialmente al nuevo orden andaluz. La agente Mariana lo perseguía con ferocidad. Se sospechaba que la gente estaba escuchando rock en pickups clandestinos, discos antiguos, ya que la producción de soportes digitales estaba controlada. A.R.S.A.
consideraba que el Rock era una música barbarizante que provoca angustia en el oyente. Esto es Andalucía: aquí todo el mundo tiene gracia y salero; hay alegría en las calles. Qué va a ser eso de escuchar anglosajones amargados. Con el color tan especial que tiene Sevilla.
Y así, la agente Mariana era una persona feliz, satisfecha con su trabajo. Hasta que un día sorprendió a su marido escuchando a los Eisidisi con auriculares. Debe cumplir con su deber, pero el amor hacia su esposo le hace dudar. Él le pide que antes de tomar una decisión, vaya a visitar a un viejo músico de rock llamado Miguel.
Mariana acude con un single de Elvis en el bolsillo, para ganarse su confianza. Miguel es un hombre amable. Le enseña a bailar el Rock. Es divertido, de una forma diferente a arrancarse por alegrías, pero sí. Pasan la tarde escuchando a Danza Invisible, a los Planetas, a 091.
Al volver a casa, la encuentra incendiada por la A.R.S.A. su marido se ha pasado a la clandestinidad, formando parte de una célula subversiva conocida como club de Fans de Queen. Mariana es expulsada de la agencia con deshonor.
Por las noches, en la soledad de su habitación, Mariana piensa en su esposo. Y en la complejidad de su gente: qué curioso que entre la gracia y tronío de la escuela rondeña y al que no diga Ole que se le seque la hierbabuena, siempre habrá algún andaluz que se empeñe en entonar el we will rock you cuando le entre el pellizquito.
José Gallardo
Últimos gritos en la selva: