Una semana más ilustro los articuentos de José Gallardo para la sección Paraíso Mutante en La Opinión de Málaga. El articuento de esta semanuela es especialmente bueno, por crítico y mordaz. El alcalde incluso, ha esbozado una sonrisuela. Espero que os guste muy mucho.-
Andaba el señor alcalde algo atribulado por los fiascos de la Tabacalera y el Astoria. Se veía como el Tío Gilito, nadando en el océano de gemas de Art Natura… Y ahora, sin proyecto, angustiado por la idea de quedar como un vulgar despilfarrador de caudales públicos, decidió convocar a las más preclaras mentes malagueñas a un brainstorming que diera solución a ambos entornos. Comenzó por los empresarios: El Astoria era un cine… humm.. Pues hagamos un cine… no, mejor. ¡Un museo del cine! O, como está al lado de lo de Picasso, pues.. ¡Algo de Picasso! «Pero, ¿el qué?», preguntaba el alcalde, angustiado. «No sabemos. Algo. Una pena que en Málaga no haya otro artista que don Pablo. Eso limita mucho nuestras opciones».
Preguntó a los arquitectos. Querían montar un museo que celebrara las grandes obras arquitectónicas de la ciudad contemporánea… El Málaga Palacio. La plaza de las Flores. El entorno del Puente de los Alemanes. El alcalde no supo si hablaban en broma o en serio.
Algunos operadores turísticos consultados mostraron su extrañeza ante la idea de que los malagueños visitaran los museos: «¿No están ahí para los turistas?»Alguien del partido propuso que el Astoria fuese la subsede del Museo del Prado. Pero el alcalde recordó el asunto McPrado´s y cómo terminó el candidato andaluz que tuvo la idea. Lo dejaron correr.
Consultaron a los mercados a ver si querrían financiar algún proyecto. Plantearon que el Astoria fuera la sede del Museo del Estigma Social: se expondrían al público todos los parados malagueños, esa chusma improductiva. Los visitantes les reprobarían su falta de pensamiento positivo y su parasitismo social. Habría tomatazos. Se lo pensó el alcalde; había dinero de por medio. Las cofradías propusieron instalar la Semana Santa Perpetua en la Tabacalera, que albergaría desfiles procesionales los 365 días del año. Se evitaría el problema de la lluvia. El obispo se opuso. En la UMA, la Asociación de Sicóticos Catedráticos Organizados (ASCO) propuso la instalación de un campo de internamiento en el interior del Astoria, que albergaría a miles de universitarios repetidores; podrían saborear su sufrimiento y frustración más de cerca. El teniente de alcalde de más edad irrumpió en el debate optando por la solución, a su juicio, más evidente: aparcamientos. «Hay dos clases de malagueños», dijo. «Los que quieren aparcamientos y los que quieren museos; yo tengo claro de qué lado estoy».
Llegaron unos americanos con la idea de levantar en la Tabacalera el Museo- Restaurante del Espeto: alguien les había contado que se podían preparar de mil maneras diferentes: con limón. Sin limón. Con pan. Sin pan. Pastel de espeto. Bocadillo de espeto. Ensalada de espeto. Pizza de… Al señor alcalde ya le dolía la cabeza. Un cargo de confianza trataba de explicarle al americano, bajo un grisáceo sol de mayo, que «tobacco works are millions».
Y el Astoria también, pensaba. Colectivos de artistas consultados concluyeron que era primordial esperar a que las arcas del Consistorio estuvieran de nuevo saneadas: tener liquidez suficiente para afrontar proyectos de envergadura. El alcalde se rió tanto que se le saltó un empaste. Cuando salió del dentista, se estampó contra un cartel de Democracia Real Ya. Todavía bajo el influjo de la anestesia, exclamó: «¡El pueblo! ¡El pueblo soberano dirá qué hacer!» Sometería el asunto a una consulta popular, los malagueños decidirían el destino de ambos edificios. Bajo los efluvios de la lisergia dental, se vio como un sabio ateniense, debatiendo en el foro sobre éste o aquél tema.
Seis meses después se celebró la consulta. El alcalde confiaba en la sabiduría ciudadana, que redefiniría el concepto de espacio público en la Málaga del siglo XXI.
Un año después, el Astoria era un campo de furbito. La Tabacalera, bares de copas. El alcalde suspiró. Bien mirado, no eran malas opciones, comparadas con otras que se quedaron atrás en la votación. Aún olvidadas en un expediente ya caducado, su recuerdo le causaba una gran angustia cada vez que tocaba aprobar los presupuestos municipales: Museo de la corrupción política española. Y otra aún peor: Museo de los políticos ineptos.
José Gallardo.-













Últimos gritos en la selva: