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Tobacco works are millions (y el Astoria también)

May 16

Una semana más ilustro los articuentos de José Gallardo para la sección  Paraíso Mutante en La Opinión de Málaga. El articuento de esta semanuela es especialmente bueno, por crítico y mordaz. El alcalde incluso, ha esbozado una sonrisuela. Espero que os guste muy mucho.-

Caricatura alcalde de Málaga Francisco de la Torre

Andaba el señor alcalde algo atribulado por los fiascos de la Tabacalera y el Astoria. Se veía como el Tío Gilito, nadando en el océano de gemas de Art Natura… Y ahora, sin proyecto, angustiado por la idea de quedar como un vulgar despilfarrador de caudales públicos, decidió convocar a las más preclaras mentes malagueñas a un brainstorming que diera solución a ambos entornos. Comenzó por los empresarios: El Astoria era un cine… humm.. Pues hagamos un cine… no, mejor. ¡Un museo del cine! O, como está al lado de lo de Picasso, pues.. ¡Algo de Picasso! «Pero, ¿el qué?», preguntaba el alcalde, angustiado. «No sabemos. Algo. Una pena que en Málaga no haya otro artista que don Pablo. Eso limita mucho nuestras opciones».

Preguntó a los arquitectos. Querían montar un museo que celebrara las grandes obras arquitectónicas de la ciudad contemporánea… El Málaga Palacio. La plaza de las Flores. El entorno del Puente de los Alemanes. El alcalde no supo si hablaban en broma o en serio.
Algunos operadores turísticos consultados mostraron su extrañeza ante la idea de que los malagueños visitaran los museos: «¿No están ahí para los turistas?»

Alguien del partido propuso que el Astoria fuese la subsede del Museo del Prado. Pero el alcalde recordó el asunto McPrado´s y cómo terminó el candidato andaluz que tuvo la idea. Lo dejaron correr.

Consultaron a los mercados a ver si querrían financiar algún proyecto. Plantearon que el Astoria fuera la sede del Museo del Estigma Social: se expondrían al público todos los parados malagueños, esa chusma improductiva. Los visitantes les reprobarían su falta de pensamiento positivo y su parasitismo social. Habría tomatazos. Se lo pensó el alcalde; había dinero de por medio. Las cofradías propusieron instalar la Semana Santa Perpetua en la Tabacalera, que albergaría desfiles procesionales los 365 días del año. Se evitaría el problema de la lluvia. El obispo se opuso. En la UMA, la Asociación de Sicóticos Catedráticos Organizados (ASCO) propuso la instalación de un campo de internamiento en el interior del Astoria, que albergaría a miles de universitarios repetidores; podrían saborear su sufrimiento y frustración más de cerca. El teniente de alcalde de más edad irrumpió en el debate optando por la solución, a su juicio, más evidente: aparcamientos. «Hay dos clases de malagueños», dijo. «Los que quieren aparcamientos y los que quieren museos; yo tengo claro de qué lado estoy».

Llegaron unos americanos con la idea de levantar en la Tabacalera el Museo- Restaurante del Espeto: alguien les había contado que se podían preparar de mil maneras diferentes: con limón. Sin limón. Con pan. Sin pan. Pastel de espeto. Bocadillo de espeto. Ensalada de espeto. Pizza de… Al señor alcalde ya le dolía la cabeza. Un cargo de confianza trataba de explicarle al americano, bajo un grisáceo sol de mayo, que «tobacco works are millions».

Y el Astoria también, pensaba. Colectivos de artistas consultados concluyeron que era primordial esperar a que las arcas del Consistorio estuvieran de nuevo saneadas: tener liquidez suficiente para afrontar proyectos de envergadura. El alcalde se rió tanto que se le saltó un empaste. Cuando salió del dentista, se estampó contra un cartel de Democracia Real Ya. Todavía bajo el influjo de la anestesia, exclamó: «¡El pueblo! ¡El pueblo soberano dirá qué hacer!» Sometería el asunto a una consulta popular, los malagueños decidirían el destino de ambos edificios. Bajo los efluvios de la lisergia dental, se vio como un sabio ateniense, debatiendo en el foro sobre éste o aquél tema.

Seis meses después se celebró la consulta. El alcalde confiaba en la sabiduría ciudadana, que redefiniría el concepto de espacio público en la Málaga del siglo XXI.

Un año después, el Astoria era un campo de furbito. La Tabacalera, bares de copas. El alcalde suspiró. Bien mirado, no eran malas opciones, comparadas con otras que se quedaron atrás en la votación. Aún olvidadas en un expediente ya caducado, su recuerdo le causaba una gran angustia cada vez que tocaba aprobar los presupuestos municipales: Museo de la corrupción política española. Y otra aún peor: Museo de los políticos ineptos.

José Gallardo.-

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Farenheit tacatacatá

May 2

El articuento de hoy para la sección Paraíso Mutante, de la mano de José Gallardo. El dibujoide está realizado por este pintamonas al que estás leyendo.

 

En el futuro, la presentación del Libro Blanco del Flamenco se recordará como la chispa que prendió la llama de los acontecimientos que culminaron con el establecimiento del pensamiento único en la Andalucía cultural del Siglo XXI.

Como era de esperar, el servidor que alojaba el Libro se cayó. Flamencólogos indignados, afirmaron que se trataba de un ataque de grupos organizados buscando impedir la difusión de nuestro Patrimonio cultural y Olé. Esa indignación dio paso a lo que se conoció como la noche de los cedés rotos: a lo largo y ancho de Andalucía, se produjeron revueltas en las que se invadieron domicilios y establecimientos en busca de soportes que contuvieran cualquier cosa que no estuviera relacionada con el flamenco; rock, opera, tango, salsa… para después ser destruidos en público. El ataque fue pensado para que pareciera un acto espontáneo, pero en realidad fue orquestado por el Gobierno Andaluz a través de la recién creada A.R.S.A. (Agencia para el Rescate de la Sabiduría Andaluza).

Al día siguiente el Presidente de la Junta, en rueda de prensa, anunciaba la nacionalización, digo la autonomización del arte flamenco y todos sus recursos, al amparo del artículo 68.1 párrafo segundo del Estatuto de Autonomía «Corresponde a la Comunidad Autónoma la competencia exclusiva en materia de conocimiento, conservación, investigación, formación, promoción y difusión del flamenco…».

Los agentes de A.R.S.A. clausuraron todas las salas de conciertos y sellos discográficos flamencos situados fuera de la Comunidad; extraditaron a los responsables que se resistieron para que fuesen juzgados por apropiación cultural indebida ante el Tribunal Superior de Justicia andaluz. Artistas de todo el mundo debían presentarse ante la A.R.S.A. a fin de acreditar su aptitud para el flamenco. A los que no superaban las pruebas, se les tatuaba la palabra «esaborío» en el antebrazo.

Mariana Gómez era una Niña del Fuego; agentes de élite de la A.R.S.A.; su misión, supervisar que dentro del territorio se cumplía lo dispuesto en el Libro Blanco: en las discotecas se bailaban sevillanas y no música tecno. En los domicilios solo se permitían discos de flamenco. Cualquier lugar que contraviniera lo dispuesto, debía ser incendiado. Las niñas del fuego eran implacables: cortaron la señal de Clan TV; iban por los colegios (los que se resistían a impartir Cultura Flamenca eran clausurados) examinando a los niños sobre quién había sido expulsado del se llama copla de la semana anterior.

Más aún, el saludo marcial de las Niñas del Fuego reproducía el cojo una manzana y me la como de las sevillanas.

El rock and roll enritaba especialmente al nuevo orden andaluz. La agente Mariana lo perseguía con ferocidad. Se sospechaba que la gente estaba escuchando rock en pickups clandestinos, discos antiguos, ya que la producción de soportes digitales estaba controlada. A.R.S.A.

consideraba que el Rock era una música barbarizante que provoca angustia en el oyente. Esto es Andalucía: aquí todo el mundo tiene gracia y salero; hay alegría en las calles. Qué va a ser eso de escuchar anglosajones amargados. Con el color tan especial que tiene Sevilla.

Y así, la agente Mariana era una persona feliz, satisfecha con su trabajo. Hasta que un día sorprendió a su marido escuchando a los Eisidisi con auriculares. Debe cumplir con su deber, pero el amor hacia su esposo le hace dudar. Él le pide que antes de tomar una decisión, vaya a visitar a un viejo músico de rock llamado Miguel.

Mariana acude con un single de Elvis en el bolsillo, para ganarse su confianza. Miguel es un hombre amable. Le enseña a bailar el Rock. Es divertido, de una forma diferente a arrancarse por alegrías, pero sí. Pasan la tarde escuchando a Danza Invisible, a los Planetas, a 091.

Al volver a casa, la encuentra incendiada por la A.R.S.A. su marido se ha pasado a la clandestinidad, formando parte de una célula subversiva conocida como club de Fans de Queen. Mariana es expulsada de la agencia con deshonor.

Por las noches, en la soledad de su habitación, Mariana piensa en su esposo. Y en la complejidad de su gente: qué curioso que entre la gracia y tronío de la escuela rondeña y al que no diga Ole que se le seque la hierbabuena, siempre habrá algún andaluz que se empeñe en entonar el we will rock you cuando le entre el pellizquito.

José Gallardo

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Virtualmente insumergible

Apr 25

Este es el dibujoide que he realizado para el articuento de esta semanuela del Paraíso Mutante de esta semanuela para La Opinion de Málaga. José Gallardo a la pluma y un servidor al pincel.-

La noche de la cuarta jornada de viaje, el barco insumergible se topó con un iceberg que, De un zarpazo, desgarró las placas de estribor. En aquellos días aún no se sabía que los icebergs son mucho más grandes por la parte sumergida que por la que asoma en la superficie. Ahora sí lo sabemos. En un primer momento, el Capitán no dio importancia al asunto. Un poco de agua, una rotura…Bah. Nada que los ingenieros del Barco no pudieran arreglar.

En el Barco Insumergible viajaban toda clase de gente; los ricos de primera clase, la burguesía de segunda clase y una esforzada pléyade de inmigrantes en tercera. Todos camino del nuevo mundo, a bordo de una maravilla tecnológica que había dejado atrás el estar siempre en vías de desarrollo para navegar al fin, a toda velocidad, hacia un brillante futuro.

Alarmados por el fuerte estruendo, los pasajeros preguntaron al capitán por lo ocurrido. «Se trata de un simple desajuste», dijo. «No hay peligro de hundimiento». Y así lo pensaba, al menos al principio. Luego, ya consciente de la situación, siguió repitiéndolo, aguantándose el miedo, por tal de no sembrar el pánico.

Pero el agua seguía entrando; Los ingenieros avisaron al Capitán; el Barco, efectivamente, se hundía. Alarmado, emitió una señal de socorro. El primero en responder fue un barco americano; dijeron que podían remolcarlos hasta puerto, pero que tendrían que soltar lastre; el Insumergible era demasiado pesado.

El capitán mandó lanzar por la borda al cinco por ciento de la tripulación. El barco americano dijo que no era suficiente. El Capitán se negó a deshacerse de más personal. Alguien tenía que hacer funcionar las máquinas, servir las comidas, gobernar el barco.

No le quedó otra que admitir ante los pasajeros que el barco se hundía. Cundió el pánico, claro. Tuvieron que echar mano de los emigrantes de la tercera clase para suplir a los miembros de la tripulación que ahora flotaban por ahí. Se estableció una jornada de trabajo ininterrumpida, con el fin de achicar agua a la mayor rapidez posible. Los representantes sindicales protestaron. Estalló una huelga. Mientras tanto, el agua no dejaba de entrar.

Pasajeros. Los pasajeros amenazaban con amotinarse. Mostrando su indignación acerca de cómo se estaba gestionando la catástrofe, la segunda clase empezó a acampar en cubierta, El Capitán dictó un bando que prohibía las manifestaciones de protesta, incluso la resistencia pasiva que algunos ejercieron encadenándose al puente de mando en un descuido de los oficiales.

Se contactó con algunos barcos europeos. Mostraron abiertamente sus dudas acerca de la capacidad del Capitán, que tuvo que dejar su puesto al primer oficial, con un perfil más técnico.

El agua inundó los camarotes de tercera clase y empezaba a encharcar los de segunda. La gente se abalanzó hacia los botes salvavidas, pero ocurrió que había menos botes que pasajeros, y además habían sido comprados por la primera clase, que se dedicó a especular con ellos. Pronto, el precio de una plaza en un bote salvavidas se disparó tanto que nadie podía pagarlo. Muchos llegaron al agua medio vacíos.
El primer oficial pidió de nuevo auxilio, esta vez a barcos europeos. Dijeron que era un navío demasiado grande, y, por lo tanto, su rescate era imposible. «Además, nos aseguraron que su barco era insumergible». «Jamás dijimos que era insumergible», declaró el naviero, que andaba cazando plantígrados en el África profunda; «Dijimos que era virtualmente insumergible».

Desorientado, el primer oficial buscó al capitán en busca de consejo. Lo encontró dentro de unos de los botes salvavidas. «Es que me he caído», se excusó.

Total, que El Insumergible se hundió. Y con él, casi toda la tercera clase, salvo algún espabilao; pasajeros de segunda clase con poco efectivo encima; y alguno de primera clase, aunque de éstos, pocos. Los supervivientes afirman que dos secciones completas del barco se independizaron de la estructura central del navío justo antes del hundimiento, pero no ha podido acreditarse. En cualquier caso, terminaron hundiéndose igual que el resto.

Y el primer oficial, mientras el Insumergible lo arrastraba al fondo del océano, observó que el gran espejo del salón de primera clase se hundía frente a él. A la luz amarillo sodio de las bengalas, pudo comprobar que, cuando te hundes junto a tu barco, se te queda cara de merluzo.

José Gallardo.-

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Gorilla zeitgeist

Apr 20

Esta es la ilustración que acompaña esta semana el articuento de José Gallardo para La Opinión de Málaga.-

Buenos días, señor Muybridge. Soy el Doctor Zeitgeist. El Gobernador Stanford me ha pedido que le visite a fin de determinar su estado mental…

–Señor Muybridge, sé que puede oírme. No tenemos tiempo. Ha asesinado a un hombre. O colabora conmigo o esta celda le parecerá el paraíso comparada con San Quentin.
–No se preocupe por el tiempo. Sé cómo pararlo.
–Bien, como quiera. El asunto pinta mal pero creo que podré arreglarlo. ¿Recuerda algo del incidente?
–Descubrí que mi mujer me engañaba. A partir de ahí… No sé, es todo muy confuso.
–No se preocupe, es normal en estos casos. Mire, he desarrollado un método de hipnosis que facilita la ordenación de ideas. Podríamos reconstruir lo ocurrido y buscar la eximente, ¿Le parece? Déjeme que saque una cosa de mi maletín… aquí está. ¿Reconoce este artilugio?
–Es mi zoopraxiscopio. ¿Cómo…?
–Me lo dio el Gobernador. Es muy bonito. Y curioso. El disco gira y produce imágenes en movimiento, ¿No es así? Un caballo que galopa… ¿Sally Gardner? Menudo prodigio técnico.
–No es sólo técnica. También cuenta una historia.
–Ya. Señor Muybridge, quiero que se relaje. Voy a activar este chisme y lo va a mirar fijamente. El truco funciona mejor si el paciente observa un objeto que le es familiar. ¿Preparado?
………

Caballo y jinete dejaron paso a un tipo con bigote y bombín que hacía cosas extrañas en silencioso blanco y negro. Mutó en otro hombre, también con bigote, pero que no paraba de hablar. Iba con otros dos que decían ser sus hermanos pero que no se le parecían en nada. Vivían en Nueva York, donde un gorila gigante trepó a la cima del un edificio alto. Una crisis económica brutal golpeaba Norteamérica. Hambre y pobreza en las calles. Y aún así, se agolpaban a las puertas de los teatros para contemplar las andanzas del monstruo chupasangres de Bram Stoker… ¿Heraldos de lo que estaba por venir?

Tras la guerra, el color fue apoderándose de las imágenes. Una edad de oro. Un mundo libre. Los Diez Mandamientos en Vistavision…

Un hombre con sombrero de copa maneja una pequeña raqueta y una pelota frente a su cara. Parece real. Trata de tocar la pelota, pero, como la luz, se escurre entre sus dedos.

Otra crisis. La gente viste cada vez peor. Naves espaciales. Un sonido atronador. No comprende nada de lo que está pasando… Cambio de siglo. De nuevo ese simio gigantesco. ¿Por qué repetir esa idea? ¿Qué presagia?
Alguien vestido de fantoche lanza un escudo. Parece que se va a estrellar contra su cara, pero es una ilusión óptica. Le recuerda al tipo de la raqueta.

¿Por qué repetir esa idea?
Sally Gardner regresa; sus cuatro patas se despegan del suelo al galopar. Ahora, lo cabalga su esposa, sonriente. Arrastra el cadáver del último millonario del siglo XXI. Alguien lo graba con una cámara estereoscópica. A lo lejos, el simio observa. Parece complacido.

–¿Señor Muybridge? ¡Señor Muybridge, despierte!
–¿Es usted real, Doctor Zeitgeist? Déjeme tocarle la cara, Doctor, se lo suplico.
–Cálmese. Está de vuelta. La sesión no ha salido como yo esperaba.
–He visto el futuro, Doctor. ¿Podría beber un vaso de agua?
–Tenga. El futuro es irrelevante. Ahora bien, yo diría que tengo material de sobra para probar ante un tribunal que usted, Señor, está como una regadera.
–Pero si es más sencillo que todo eso, Doctor ¿No lo ve? En realidad soy una víctima. Nuestro tiempo disparó el arma, no yo… El zoopraxiscopio dará paso al quinetoscopio; de ahí al sonido; del sonido al color; del color a la tercera dimensión y de ahí…de ahí…el simio, doctor ¿No lo ve? ¡La clave es el simio!!
–Que tenga usted buena tarde.
–La película del Simio no podrá verse en tres dimensiones. ¡No iban a permitirlo! ¡Doctor! El zoopraxiscopio cuenta una historia…

El doctor Zeitgeist llegó a su despacho aún tembloroso. Se dispuso a escribir su informe. Tan nervioso estaba, que dejó caer al suelo el invento de Muybridge. Al recogerlo, descubrió, horrorizado, que ya no reproducía la imagen de un caballo. Sino la silueta violenta y encolerizada de un Gorila monstruoso.

José Gallardo.-

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Quién vigila al Festival de Málaga

Apr 11

La ilustración que acompaña el articuento de José Gallardo para su sección Paraíso Mutante, publicada hoy en La Opinión de Málaga. Watchmen en una versión boquerona y naif.-

A las 02.51 horas de la mañana el cuerpo del actor secundario chocó contra la acera tras caer de un octavo. Se descartó el suicidio al comprobarse que fue arrojado por el ventanal de su apartamento. Deduje que el agresor debía ser un tipo alto, atlético, fuerte. La historia no tenía sentido, así que me llamaron a mí. Al editor. Es un trabajo sucio, pero alguien tiene que hacerlo.

El actor secundario era un corrupto. Su querencia por las cloacas le había hecho famoso. Esta vez, debió de toparse con algo demasiado peligroso. Observé que en la escena había recortes de periódicos referentes a festivales de cine. Especialmente del de Málaga.
Al día siguiente, su sustituto, un actor conocido por su activismo social, era encarcelado por un asunto dudoso. Empecé a pensar que tal vez alguien estaba quitando de en medio personajes cinematográficos.

Visité al actor principal. Me confesó su preocupación por el futuro del Festival, pero rechazó mi teoría “conspiranoica”. Poco después sufrió un intento de asesinato.

Las pistas me condujeron al Productor. Testigos afirman que discutió con el actor secundario. Lo abordé en su apartamento. Manejaba facturas falsas expedidas a nombre del festival de Gijón, San Sebastián, Huelva… Confesó ser un testaferro; alguien le contrató para desviar fondos de varios festivales hacia paraísos fiscales. Ignoraba la identidad del paganini. Le apreté un poco y me pidió que volviera en 24 horas.
Contacté con mi antiguo mentor, un guionista jubilado. No me creyó. Ocurrió lo mismo con el Director y su actriz principal y musa. No les caigo bien desde el asuntillo aquél de los oscars. Me expulsaron del set a claquetazo limpio.

Regresé a visitar al productor. Tenía una bala en la frente. En ese momento, la Policía irrumpió. Me habían tendido una trampa. Pringao.
En la cárcel de Alhaurín, empecé a atar cabos. El actor secundario descubrió la trama del productor y la identidad del conspirador. Quizás quería extorsionarlos. O quizás la conciencia le pudo por una vez. Me fugué ayudado por el guionista y la actriz. Habían investigado una trama de sociedades fantasma que se dedicaban a la gestión de festivales. Un árbol con múltiples ramas y una raíz común: Foxyboot inc.
Su único accionista: El Actor Principal.

El Director no podía creerlo. Habían trabajado juntos en tantas películas…

De camino a la Mansión del actor, dejé mi diario en el buzón de La Opinión de Málaga. El Actor es un oponente formidable. Dudo que salgamos vivos de ésta.

El Director, El guionista, La Actriz y yo abordamos al Actor . Ni se despeinó.

«Actor, No te dejaremos hacerlo».

Impasible, respondió:
–Director, ¿me tomas por un villano de tebeo? Lo hice hace 45 minutos.
Encendió el televisor. Los números rojos provocaban el cierre del Festival de San Sebastián. Gijón. Huelva… El Ministerio anuncia un plan especial para salvar al único Festival superviviente: Málaga.
«¡Lo conseguí!», gritó el Actor, con los puños en alto.

El Actor sabía que la crisis iba a provocar el cierre del festival de Málaga. Utilizó empresas para gestionar el desfalco de otros festivales. El actor secundario lo descubrió, así que tuvo que acabar con él. No fue difícil; El Secundario era un tipo duro pero él es un héroe de acción. Su sustituto trabajaba con el sindicato de actores y se estaba acercando. La cárcel lo desprestigió. Tras mi visita, fingió el intento de asesinato para desviar sospechas. «Lo he hecho por Málaga», dijo. «Mi Málaga».

Debemos guardar silencio, dijo el Director. Por el bien del cine.
Todos asintieron
«Bromeáis, seguro», dije.
Al salir de la Mansión, El Director me cortó el paso.

–Sabes que no puedo dejarte ir.
Ahogando las lágrimas, le miré a los ojos.
–¿A qué esperas? Hazlo.
Me fundí en negro.

El Festival de Málaga adquirió prestigio internacional, desbancando a Berlín, Venecia… el Actor fue nombrado presidente vitalicio del jurado.
Cierto día, un articulista de La Opinión buscaba un tema para su columna semanal. Le pidió orientación al jefe de Cultura.
–Por el amor de Dios Jose, muestra un poco de iniciativa. No sé, mira a ver en el correo de los majaras.
Entre la correspondencia, asomaba un sobre grueso. Contenía lo que parecía ser un diario.

José Gallardo

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La caja

Apr 11

Otra ilustración, esta vez devoradora de contenido artisticoidal, que acompañó el articuento de José Gallardo para su sección Paraíso Mutante en La Opinión de Málaga el pasado 4 de Abril.

Llevaba tanto tiempo guardando cola que había olvidado por qué estaba allí. Hacía frío. Echó un vistazo a la gente que tenía por delante y por detrás. Todos se parecían un poco a él, o eso le pareció. Se sintió aliviado. Pasado un tiempo, la puerta del establecimiento se abrió. Fueron entrando ordenadamente. La poderosa luz blanca del interior le cegó un instante, tras tanto tiempo a la intemperie, a oscuras. Se acercó al mostrador y un empleado, joven, vistiendo un uniforme pretendidamente casual, le entregó, con una sonrisa, lo que había venido a comprar.
Una caja.

Perplejo, la tomó entre sus manos. Le resultaba extraño haber esperado tanto para una simple caja. Bonita, blanca, funcional, sí. Pero una caja, al fin y al cabo.

Volvió a casa y se sentó en su cama a estudiarla con más detenimiento. Por dentro, la caja parecía más grande que por fuera. En su interior, un abismo marca Niestzsche: De los que devuelven la mirada.

El profundo vacío de la caja le angustiaba. Sintió que debía llenarla con algo. Lo primero que encontró fueron unas fotos. Las metió en la caja y pasó un rato viéndolas flotar, estáticas, sobre la nada.

Pronto, llegó un momento en el que la simple contemplación de imágenes no le satisfacía. Cual Robinson Crusoe, lanzó un mensaje al interior de la caja. Al poco, descubrió que alguien respondía. Podía comunicarse con los propietarios de otras cajas. No tardó en descubrir, a su pesar, que los otros Hombres Caja tenían poco que contar. Comenzó a distanciarse.

Por las noches, la caja latía como el vibrador de un móvil, al tiempo que una luz blanquecina parpadeaba al ritmo de la pulsión. Aterrado, oyó cómo entre el ronroneo se formaba una palabra:

DAME.

Cogió la caja y salió, en busca de algo con lo que llenarla. Cerca, había un local con música en directo. Mientras escuchaba al grupo, la vibración aumentó la intensidad. Como por instinto, se vio obligado a abrir la caja, la cual, como si de un agujero negro se tratara, absorbió a los músicos, se los tragó literalmente. Se asomó al interior, y descubrió que a partir de entonces podía ver y escuchar al grupo tocar las canciones siempre que quisiera. Eran suyos para siempre. Pero resultó que, estando prisioneros en la caja, los músicos no hacían más que tocar las mismas canciones una y otra vez. Eran incapaces de crear nada nuevo. Probó con otras bandas. El resultado fue el mismo.

DAME.

Devoró músicos de todo tipo. Luego se pasó al cine. Actores abducidos en plena calle. Después, libros. Cómics. Juegos. Lo que fuera por mantener su voracidad a raya. Con el tiempo, las salas de conciertos, los cines, las librerías, se vaciaban. Otros hombres caja, al igual que él, vagaban por las calles, buscando en vano alguna presa con la que alimentar aquella oquedad insaciable. Aquella noche, en la oscuridad de su habitación, la pulsión comenzó a hacerse insoportable. El hambre azotaba la caja, y no había con qué alimentarla. Un zumbido ensordecedor. El brillo de la caja aumentó hasta crear un vórtice cegador que lo absorbía todo, muebles, ropa… recuerdos… Su memoria.

Se hizo un ovillo en una esquina de la habitación, mientras la energía desaforada arrasaba con todo a su alrededor.

Al fin, la luz se redujo a un punto blanco que flotaba en mitad de la nada. La caja pareció implosionar, y, con un pop, como el que haría al descorcharse una botella de champán, la caja desapareció.

Lloró hasta que se quedó dormido.

Cuando despertó, estaba otra vez haciendo cola. Estaba casi desnudo, tapado sólo por el folleto de una tienda de informática. Como todos.
Al llegar al mostrador, el mismo vendedor le entregó otra caja. Sobre ellos, un retrato gigantesco del hombre que entregó a la humanidad el mayor de los regalos: La Caja Definitiva.

Miró al vendedor.

–De pequeño, ¿eras de los que jugaban con el juguete o con la caja?

El vendedor se encogió de hombros. Él hizo lo mismo. Salió a la calle. Al doblar la esquina, caía la noche. Deseó desaparecer en la oscuridad, pero era imposible. El fulgor rojo rubí de su nueva caja le alumbraba el camino.

José Gallardo

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Ciudadano SICAV

Apr 11

Articuento de José Gallardo para su sección Paraíso Mutante publicado en La Opinión de Málaga el pasado 28 de Marzo. Lo acompaño de una ilustración de tintes orsonwellinianos.-

 

Sería injusto decir que el secretario de Estado para el Mecenazgo en las Artes Visuales era un hombre rencoroso; Más bien, era de los que esperaban su momento. Supo tragarse la bilis cuando el No a la Guerra de los Goya o con el numerito de los de la ceja. Era un tipo paciente. Podía esperar.

Ni cuando los suyos regresaron al Poder asomó la cabeza. Medró, conspiró. Se hizo fuerte en la sombra. Esperando. Hasta que el Ministerio de Cultura anunció el fin de las subvenciones para el cine español. A cambio, instauraban un mecenazgo que se traduciría en incentivos fiscales para inversores cinematográficos.
«Ahora sí», pensó. Llegó el momento. Su momento.

Bastaron un par de llamadas telefónicas para colocarse al frente de la recién creada Secretaría de Estado. Su misión consistía en hacer de filtro a aquellos guiones que pudieran resultar interesantes a las SICAV (Sociedades de Inversión). Animarlas a invertir en cine.

El secretario de Estado disfrutaba con lo que hacía. O mejor, con lo que no hacía. Se consumaba su venganza. Todos aquellos directorzuelos se arrastraban por su despacho y le proponían rodar esto o aquello. Y él, henchido de revancha, los despachaba con un lacónico ya se verá.

Creó un archivo en el que ordenaba directores por géneros. La primera carpeta en crearse llevaba el título de Directores de películas ambientadas en la Guerra Civil. Pero al poco se le hizo tan enorme que tuvo que crear una derivada: Directores de películas ambientadas en la Guerra Civil con niño, que también se llenó. Otra carpeta aglutinaba a los sátiros, donde se amontonaban proyectos en dos categorías: la encabezada por el director viejo verde que, tanto si el guión trataba de una reina castellana como de un caballero andante, lo que buscaba era ver a la actriz principal en pelotas. En la otra carpeta, destacaba el Director que, le parecía al Secretario, andaba obsesionado con los pezones.

Luego estaban los maricones serios, a los que rechazaba sistemáticamente sin leer el proyecto siquiera, mofándose de su prestigio internacional: «Un maricón es un maricón aquí y en Toronto», decía. A los mariquitas tristes los rechazaba por lo mismo. Por moñas. Casi le dio un patatús al enterarse de que el maricón más importante del cine patrio no pedía ayudas. Era autosuficiente, no te lo pierdas.

Había directores raros, de los que no entendía ni jota de sus películas. Y los frikis, unos cansinos obsesionados con un tal Paul Naschy que el secretario ignoraba quién demonios era.

Así, lento pero seguro, el secretario de Estado se aproximaba a su objetivo; acabar con el Cine Español. De vez en cuando, a desgana, proponía algún proyecto a las Sociedades de Inversión. Para que no se le notara mucho. A regañadientes.

Tan ciego de venganza iba el hombre, que, al llegar a su despacho aquella tarde, no reparó en que su visita de las cinco eran tres fantasmas. Luis Berlanga lo arrastró al pasado, al rodaje de la torre de los siete jorobados, para hacerle ver que buen Cine Español hubo siempre, independientemente del prisma político. Luis Buñuel lo llevó al extranjero, para que entendiera que el prestigio de nuestro cine allende los mares era real y además bueno para el país. Y Fernando Fernán Gómez… Se limitó a pegarle un par de voces.

El secretario entendió. Como iluminado, se lió a aceptar propuestas a lo loco, preso de un frenesí que alarmó a sus subsecretarios. Las SICAV, temiendo una inflación cinematográfica, reprendieron su actitud. Las ignoró.
No tardó en descubrir que, para las SICAV, no era más que un mero ciudadano. Un personaje más de una trama compleja en la que no podía aspirar a ser otra cosa que un prescindible secundario. Su despacho era de cartón piedra. La sede del Ministerio, puro atrezzo. Un actor sin papel dentro de un escenario hueco.

Intentó huir mientras el falso edificio se derrumbaba bajo el peso de la verdad. No había visto nunca a Buster Keaton, así que no sabía cómo actuar cuando una fachada se te cae encima.

Abrazó el FIN contento, acompañado de los chascarrillos de Berlanga, los capones de Fernán Gómez y el mudo rasgueo de la navaja de Buñuel.

José Gallardo

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Mnsjrs dl ftr0

Mar 29

Aqui os dejo la ilustración para el articuento publicado la semana pasada en la sección Paraíso Mutante, de la mano de José Gallardo, para La Opinión de Málaga. El artículo completo lo tenéis a continuación, disfrutadlo.-

Mnsjs dl ftr0

Los tres académicos supervivientes se atrincheraron en la Biblioteca de la RAE. Malherido, el Director Épsilon Mayúscula se dejó caer junto al ventanal. Echó un vistazo a la calle:
–Se están reagrupando.
La académica honoraria Stigma se sentaba bajo un escritorio. Llevaba en sus brazos lo que parecía ser un bebé.
–¿De cuántas armas disponemos? –preguntó.
–Apenas algunas metáforas y onomatopeyas –dijo Gamma minúscula.
–¿Cacofónicas? –preguntó el Director Épsilon.
–Sí; algunos boom, ratata… Algún exotismo… ¡Pow!
Épsilon suspiró:
–Podríamos escapar. Guardo alguna elipsis en mi despacho.
–Épsilon, eras un pusilánime antes, y sigues siendo un pusilánime ahora –dijo Gamma minúscula.

Gamma era el único académico numerario superviviente. Excorresponsal de guerra, había dirigido la defensa del Edificio. Había visto a sus colegas caer, pero él no había recibido ni un rasguño. El rostro se le encendía de ira cada vez que gritaba retirada. Empuñaba un corrector ortográfico afilado en la mano izquierda y un escudo rectangular que rezaba María Moliner en la derecha.

–No serviría de nada negociar –respondió Stigma–. Hemos perdido y lo saben.

Gamma dejó escapar un gruñido. Cuando dos días antes, el director Épsilon anunciaba que no cederían a las presiones de los mnsjrs dl ftr0, cabeza visible de otros grupos anti-RAE («El lenguaje debe subordinarse a la tecnología, al habla coloquial y las buenas costumbres») nada presagiaba tan cruento desenlace. La declaración de Guerra pilló por sorpresa a los académicos, pero aún así supieron organizarse bien. Desplegaron un contingente de Talibanes de la Ortografía en primea línea de combate que mantuvo su posición, a pesar de los incesantes ataques. Carne de cañón, los llamaba Gamma. Aunque los Talibanes derrotaron a los dequeístas (firmes, pero anticuados en sus formas, con su lema «Pienso de que esta guerra la ganamos») no pudieron con la subsiguiente ofensiva de Subjuntivistas: Los Talibanes dudaban ante ellos, los Veían con los rostros de sus amigos, parientes…, y encogían el brazo… Aquella noche, se escuchaban las risas de los Subjuntivistas: «Qué bien luchemos hoy». Los Silenciosos (que afirmaban que la hache, al ser muda, podía situarse en cualquier parte de una palabra, u omitirse: e salido ha comer con hun ombrhe) Mantenían un estricto voto de silencio y practicaban el sigilo Ninja. La línea de defensa que Gamma situó a las puertas de la Academia, compuesta de lexicógrafos, filólogos, semiólogos, cedió ante ellos, ofreciendo dura resistencia.

Los últimos en caer fueron los Académicos. El Nobel cayó en una emboscada de HOYGANs en Lima. Estaban solos.

En el móvil de Épsilon zumbó un SMS: «Ntrgdnsl0»
–Jamás –dijo Gamma.
–Marchaos vosotros. Os perdonarán –dijo Stigma.
–Pero, ¿y tú? –preguntó Épsilon.
–Es una filóloga. La declararon anticuada y obsoleta. No tiene lugar en el nuevo orden lingüístico. ¿Qué crees que pasará?
Antes de que Épsilon pudiera responder, una ráfaga X de xq derribó la puerta.
–Bueno; pues hasta aquí hemos llegado, Épsilon, amigo mío. Ha sido un honor combatir a tu lado.
Los académicos se lanzaron escaleras abajo. Alguien gritó «rnd0s»; Stigma pudo escuchar el grito de Épsilon. Gamma no les dio esa satisfacción.
Los mnsjrs dl ftr0 se aproximaron a Stigma:
–Ntrgnsl0.
–Nunca.

La expusieron a un modismo hasta que expiró. Tomaron a la personita de sus manos inertes. No era un bebé; más bien un ser pequeño, de aspecto angelical. Había algo en su mirada que resultaba más antiguo que el mundo. Su aspecto, tan ambiguo; ¿era varón o hembra? Estaban desconcertados. De ser ése el tesoro que tan celosamente guardaba la Academia, no era lo que esperaban.
–Qn rs?
–Soy… GÉNERO. Femenino, masculino y neutro. Soy todas las cosas… Estaba aquí al principio de todo y estaré aquí cuando todo acabe.
–Rng dl ntr0.
–No puedo renegar de lo que soy; el Neutro es parte de mi esencia.
«¡Miembro o miembra!», gritaron los autodenominados Amigos de lo Políticamente correcto, un ala especialmente subversiva de la revuelta.
Jamás se supo qué fue de él. El nuevo orden lingüístico llegó al día siguiente. Se propuso rebautizar la sede de la RAE como Nuevo Babel pero habían suprimido la B por innecesaria. Se denominaría Nuevo Vavel.
Con V de vurro.

José Gallardo

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Anonimosidad – Paraíso Mutante

Mar 21

Hoy ha salido publicado el artículo Mnsjrs dl ftr0 de José Gallardo para su sección Paraíso Mutante en La Opinión de Málaga al que acompaño con una ilustración. Podéis encontrarlo en la edición en papel del periódico o en la web, que podéis leer pinchando aquí.

Aquí os dejo la ilustración del artículo Anonimosidad, de la semana pasada, junto al artículo, por si no lo habéis leido. Espero que os guste el trabajo.

– Hola… ¿Se puede?
– ¡Pero… a mi cuarto no se entra sin llamar a la puerta antes! Un momento… Ya.
– Huy, perdón, es que tu madre me ha dicho que… Vaya, qué careta más chula llevas puesta.
– No es una careta. Es una máscara. Déjame que me presente. Soy… La Anonimosidad.
– Mola. La máscara es la de la peli, ¿No?
– En efecto. Hace poco fui a Madrid, a protestar a la entrada de los Goya. Me llevé doscientas como ésta y las repartí.
– Vaya, bonita cifra. Los de Warner deben de estar encantados contigo, ¿no?
– ¿Qué?
– Se llevan un porcentaje de cada máscara de ésas. Oye, esto tuyo de la anonimosidad, ¿No va contra las multinacionales?
– Mira, me voy a quitar la care.. la máscara, que hace mucho calor aquí. A ver, dime… ¿Eres internauta?
– ¿Internauta? Supongo. Tengo internet en casa, si te refieres a eso.
– Y, ¿te descargas cosas?
– Pues… sí. De vez en cuando. Canciones, alguna peli …
– Muy mal. No estás aprovechando tu banda ancha. Hay que descargárselo todo.
– ¿Todo? ¿Incluso lo que no me gusta?
– Desde que me lo descargo todo a mí ya no me gusta nada. Ni siquiera me da tiempo a verlo todo. He trascendido al siguiente nivel.
– Ah. Bueno, ayer me descargué la discografía completa de los Escafandros. Me gustan mucho…
– Error de nuevo. Cuando se es internauta, no se le debe coger cariño a ningún grupo. Igual mañana dan una entrevista y se quejan de la piratería. Y ya toca insultarlos.
– ¿Insultarlos?
– Lo hacemos siempre: «No tienen talento», «Mediocres»… Me paso la vida en la sección de comentarios de los periódicos.
– ¿No es fascismo? Insultar por disentir…
– Sin el pensamiento único internet no tiene futuro. Además, es divertido. Suelo fingir que soy un fontanero que quiere cobrar royalties por cada grifo reparado. Otras veces, soy un diseñador que usa DVDs para grabar sus trabajos y encuentra injusto en pago del canon. Este argumento es muy socorrido. Funciona muy bien.
– No sé si tendría tiempo para eso. Tengo un trabajo y…
– Yo digo que soy abogado pero me dedico a esto. Me paga la Asociación…
– Y la Asociación… ¿De dónde saca el dinero?
– Bueno, para decírtelo, tendrías que estar ya iniciado. Aunque tampoco hay que ser muy listo para figurárselo. Mañana me voy a la concentración en protesta por la ley Sinde-Wert. ¿ Te vienes? Pagan ellos.
– Ignoro las razones de la protesta.
– Me las sé de carrerilla. Protección de Derechos Fundamentales. Control judicial previo al cierre de páginas web…
– Pero la Administración ya impone sanciones de todo tipo sin control previo. Multas de tráfico, cierre de establecimientos…
– Comparar una multa con lo nuestro. Acabáramos. Internet debe ser libre. No se pueden poner puertas al campo.
– Bueno, cada terreno tiene su dueño, los cotos de caza están vallados…
– No te veo muy anonimoso. ¿Tienes web?
– Tengo un blog donde cuento mis cosas…
– Pues ten cuidado, no sea que se te caiga un día de estos.
– No sé. Tengo un vecino que toca en un grupo, y se lo curran mucho. No me parecen unos parásitos. Trabajan duro.
– ¿Trabajar? La música no es un trabajo, hombre. Eso es algo pasar el rato los fines de semana. Un trabajo es ser oficinista…
– Pero la creatividad se resentiría…
– ¿Y? Con todo el material que tengo descargado, necesitaría diez vidas para disfrutarlo todo. No necesitamos más.
– Creo que paso. Además, yo sólo venía a acompañar a mi madre a jugar al cinquillo con la tuya, y me han dicho que me acercara a conocerte.
– ¡Pero si hasta tenemos un partido político! No sabes lo que te pierdes y.. ¿Sí, mamá? ¿Qué pasa?
– Hijo, hay unos señores en la puerta. De la Policía. Les he dicho que os podía hacer sitio a todos en el salón, pero dicen que no, gracias, que ya se te llevan del tirón.
– Joer, Mamá, haberles dicho que no estaba….

José Gallardo

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McPrado’s – Paraíso Mutante

Mar 14

Hoy ha salido publicado el artículo Anonimosidad de José Gallardo para su sección Paraíso Mutante en La Opinión de Málaga. Cuenta con una ilustración realizada al alimón con Pedro Luque y por un servidor. Él me cedió la idea para que ilustrara el artículo. Podéis encontrarlo en la edición en papel del periódico o en la web, que podéis leerlo pinchando aquí.

Aquí os dejo la ilustración del artículo McPrado’s de la semana pasada, junto al artículo, por si no lo habéis leido. Espero que os guste el trabajo.

En su discurso de investidura, el candidato electo a la Presidencia de la Junta hizo una breve referencia a la cultura en Andalucía, la cultura como motor de la actividad económica; insistió en la importancia de lo que él denominaba la marca Prado. Y tan importante le parecía, por lo rimbombante del concepto, lo de traerse una sucursal del Museo del Prado a Málaga, que lo repitió tres veces, golpeando ligeramente el estrado con el puño: «Marca Prado. Marca Prado. Marca Prado».

Poco tiempo después, la momia de don Diego de Velázquez fue vista caminando en dirección al Museo del Prado. Daba un poco de asquito verla, pero, eso sí, el hábito de la Orden de Santiago lo llevaba como recién puesto, limpio y reluciente. Llegado al museo, los patronos pensaban que el redivivo maestro quería ver sus obras de nuevo. Lo que intentó fue comérselas.

El candidato electo, ya excelentísimo señor presidente andaluz, fue convocado de urgencia por el Patronato del Museo. Allí le expusieron sus cuitas: a nosotros nos gusta que nuestros artistas muertos estén , pues eso; muertos.
No se arredró. No le gustaban mucho aquellos tipos del Patronato: los miembros de la nobleza, pasen, pero los intelectuales… Menuda chusma. ¿Quiénes eran ellos para apropiarse de la cultura? Señores míos, pónganla al servicio del pueblo y no al rev….
Ahí se calló.
Al principio de este relato, el excelentísimo señor, todo metaficción, pensaba que él iba a ser el malo del cuento. Ahora, veía la ocasión de cambiar las tornas. Lo que había sido una fantasmada electoralista amagaba con convertirse en el núcleo de su futura actividad política. Tampoco era un mal plan. Los recortes y tal… Eso lo mandaban de Bruselas. Pero esto… Era su puente a la posteridad. Y qué otra razón había en la actividad política más allá de la del triunfo del ego y la fantasía de poder. El arte quería vivir, y él, cual profesor Frankenstein, le insuflaría vida. Ya no quería una sucursal, no señor. Quería diversificar la oferta. Hacer llegar la pintura, la escultura y otras cosas terminadas en ura a todos los pueblos de la Nueva Andalucía. No, no quería sucursales. ¡Quería franquicias!

Un patrono anciano de barba perilla amarillenta y ojos lechosos carraspeó y se echó hacia delante, con los dedos entrecruzados:

–¿Una… Franquicia, dice usted? ¿Así como… McDonald’s? A mi nietos les gusta mucho…
–Pues sí, como McDonald’s, mire usted.

Y él mismo, como excelentísmo que era, se haría responsable de abrir la primera en Málaga. La primera de muchas.

No sabía en lo que se estaba metiendo. Siguiendo el modelo McDonald’s, al franquiciado se le exige conocer todos los aspectos del negocio, incluyendo, entre otras cosas, saber hacer las hamburguesas. El lunes siguiente, el excelentísimo se encontró en su despacho con un lienzo de lino en su caballete y pinceles. Le invadió una sensación extraña.

Encargó un retrato suyo para colocarlo junto a la placa conmemorativa de la primera franquicia-museo en Málaga. A medida que su gobierno aplicaba recortes, el retrato se iba poniendo feíllo.

Se intentó aplacar el ansia devoralienzos de la momia de Velázquez ofreciéndole un puesto de asesor cultural en la Junta. No. Él quería ser Jefe. Peor fue cuando apareció el esqueleto sin cabeza de don Francisco de Goya. A ése no se le convenció tan fácilmente.

El excelentísimo impregnó un pincel. Trazó una línea casual. Entonces, una luz pareció inundar las telarañas de su mente. ¿Era posible? ¿Había desperdiciado su vida, en conspiraciones, tejemanejes, mamoneos y caritas chulescas? ¿Había un mundo maravilloso y sin explorar oculto en aquel lienzo?

Empezó a pintar sin parar. Descuidó sus obligaciones. Su partido le llamó al orden. Al final, en plena moción de censura, pensando en el azul corporativo del logo de su partido, en la cadencia enfática de su himno… Se echó a llorar. Dimitió al día siguiente.

A día de hoy, poco se sabe del ex-excelentísimo, salvo que vive recluido, pintando, lejos de la política y del pádel. Que es feliz. Y la idea de la franquicia se quedó en la primera regla de la campaña electoral: Lo que se habla en campaña se queda en la campaña.

José Gallardo

 

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